Según los críticos de las artes contemporáneas, la danza es la expresión menos popular y propositiva dentro del marco de lo “actual”. Tampoco, dicen los especialistas, existen propuestas suficientemente fuertes que sobrepasen la danza-teatro de Pina Bausch; que sólo en Alemania y Belgica “se hacen cosas de provecho”.

Por lo visto, no han mirado el trabajo de los brasileños y su danza social. Menos el de los coreógrafos asiáticos, que reflexionan sobre el lenguaje de una tradición corporal, ligada íntimamente, al contacto con lo sagrado y las maneras en como ello se multiplica en lo cotidiano. 

Posiblemente tengan razón en cuanto a la popularidad. La danza, en tanto gremio de creadores, es lo bastante cerrada como para negarle a los simples mortales la entrada-por lo menos- al disfrute de sus presentaciones.

Creadores como Dimitris Papaioannou, se dan a la tarea de reflexionar sobre su que-hacer, desde la transdisciplina. Este coreógrafo se pregunta sobre las capacidades de la danza, fuera de la danza. En la obra “Nowhere” explora las posibilidades del espacio dentro del teatro, ya que éste no se limita al escenario. Un interprete se cuelga de la tramoya mientras se mueve, dado un momento suelta sus manos dejándose caer. Los bailarines toman el papel del espectador, le permiten a una de sus compañeras pasar a través de ellos,se desliza en sus brazos para luego desaparecer; acto efímero, que no vuelve a repetirse de la misma forma. El último de los bailarines atraviesa el anfiteatro, para pasar por una puerta que conecta con las butacas, decidido a fundirse con sus otros, los que también participan de su expresión: la danza.

(En la imagen “Nowhere” de Dimitris Papaioannou, 2009.)